Fungigamia

Estaba anocheciendo en el Caurel, pero aún se podían oír los gritos de Xoel cada vez que encontraba una seta.

― ¡Antía aquí hay un corro de ellas! ― Antía es la hermana de Xoel, cuatro años mayor que él, pero menos experta en micología.

― Mira Antía, las preferidas de mamá, Amanitas muscarias― le explicaba Xoel.

Xoel intentó coger una desde la base del pie para llevársela intacta a su madre, y entonces ocurrió algo inesperado… del suelo, como si fuera un volcán, apareció un tremendo castillo de tres plantas con su torreón, y justo delante de ellos, un portalón de acceso con un enorme cartel en el que se leía: “MEIGAS, TRASGOS, FUNGOS E COGUMELOS”. Como buenos gallegos que eran, bien sabían lo que significaba… “BRUJAS, DUENDES, HONGOS Y SETAS”.

― ¡Madre mía! ― gritaron los dos. Y sin saber cómo ni por qué, se encontraron dentro del castillo con el portalón cerrado.

El suelo de la sala donde estaban era de hierba verde, fresca y al fondo se divisaba un majestuoso castaño, precioso, que por su tamaño debía tener unos cien años. Los niños intentaron abrir el portalón de salida, pero era imposible moverlo ni un milímetro. Una sensación rara les invadía, entre el miedo y la curiosidad, y a su vez de bienestar y paz… Olía tan bien en esa sala… Olía a castañas, avellanas, anís, melocotón, a hierba recién cortada, a monte. Decidieron buscar otra salida y vieron que por detrás del castaño había una entrada con una escalera, y allá fueron. Cuando se estaban aproximando al castaño algo agarró a Antía del tobillo y del pie.

― ¡Nopo, Xoel! ― gritó Antía.

Cientos de hilos blancos, como raíces, salían del manto de hierba, y empezaban a subir por la pierna de Antía y la envolvían como si fueran redes. Xoel agarró a su hermana fuerte de la mano e intentaba tirar de ella, pero no podía con su hermana, las raíces blancas eran más fuertes que él. Intentaba quitárselas, pero cada vez había más y le llegaban a la cintura.

― ¡Nooo Antía!¡no puedo soltarte! ― gritaba Xoel.

Estaban muy asustados, llorando e intentando escapar, y entonces una voz profunda sonó… ¡Soltad a la niña! ¡os ordeno que la soltéis!… y en un segundo las raicillas desaparecieron. Los niños se giraron hacía donde venía la voz y vieron que el castaño tendía una de sus ramas en forma de brazo, se acercó a ellos, los cogió y los elevó hasta su copa.

―No os asustéis niños, no os haré daño, y mis ayudantes tampoco. ― dijo el castaño.

― ¿Tus ayudantes? ― preguntó Xoel.

― Sí. ― respondió el castaño. Esas pequeñas raicillas blancas que agarraron a tu hermana son parte de mí, me protegen, me nutren y yo a ellas. Nos micorrizamos, nos acompañamos, vivimos en harmonía, os dieron un susto grande, pero son buenas e inofensivas, se llaman Micelio y solo querían protegerme.

― Ooohhh. ― dijeron a la vez. A Xoel ya le sonaban esas palabras del castaño, “micelio” “micorriza”, su madre ya le había enseñado cosas del reino Fungi. Antía aún temblaba del susto.

― Veréis niños, no sé cómo entrasteis aquí, pero solo podréis salir si subís al torreón. Seguramente el hada Muscarina sabrá como devolveros a casa. ― dijo el castaño.

― Perooo…yo quería saber más de ti, de “micelio”, de…― dijo Xoel.

― Noooo, solo si subís al torreón en busca de Muscarina podréis volver a verme. Tomad estas castañas, meterlas en vuestra cesta y continuad. ― dijo el castaño.

Y así hicieron, cogieron las castañas, las metieron en su cesta y comenzaron a subir por la escalera.

Al llegar al siguiente piso todo era muy distinto. En esa sala olía mucho a humedad, había muchas ramas y hojas en descomposición. Había hierba, pero no era tan numerosa, ni tan verde, ni tan fresca. Al fondo se divisaba otra entrada con escalera y se dirigieron hacia ella. Avanzaron un poquito, y otro, con el miedo de llevarse otro susto, y cuando iban por la mitad se empezaron a oír unas campanadas…” Ton, ton, toonnn”. Quedaron paralizados por el misterioso ruido, casi no podían hablar. Del suelo comenzaron a levantarse cientos de ánimas en forma de árboles, arbustos, plantas, eran verdaderos fantasmas de vegetación variada. Detrás de aquellas ánimas se aproximaban una hilera de setas variadas, llevaban capas con capucha y guadañas, como una procesión de esas historias que les contaba su abuela de la Santa Compaña.

― ¡Correeeee!.― gritaron.

Había champiñones, coprinus, marasmius, macrolepiotas (esas las conocían bien porque las recolectaban con sus padres), cyathus, clitocybes… corrieron hasta la escalera, pero algo les impedía el paso a la entrada, un enorme tocón de haya con un ganoderma en forma de pipa.

― ¿Dónde vais tan rápido? ―preguntó el ganoderma.

Los niños solo miraban hacia atrás, hacia la procesión que cada vez estaba más cerca, sin poder hablar… esas setas con capas y guadañas…

― ¡Por favor! ―pudieron decir.

― ¡Silencio! soy Lucidum y quiero ayudaros. ― dijo el ganoderma. Levitó de su tocón de madera de haya y dijo a la “Santa Compaña fúngica” que se marcharan, y dejaran de asustarles.

Explicó a los niños que aquellas setas protegían su terreno, su alimento, su trabajo, quizás sucio, pero digno. Ellas se encargaban de descomponer la materia muerta de los bosques para que el ciclo siguiera su curso. Los niños quedaron tranquilos, aunque con otro buen susto encima.

― Seguir vuestro camino. ― dijo Lucidum. Pero antes darme un mordisco y os protegeré de muchas enfermedades.

Y así hicieron, no podían creer lo que pasaba, pero tenían que subir al torreón para salir de aquel castillo peculiar.

Cuando llegaron al último piso, todo había vuelto a cambiar. Esta sala era un bosque de árboles variados, con un montón de insectos, larvas, arácnidos y bichos raros que nunca vieran, y un gran roble al final.

― Bufff. ― dijo Antía, lo que me faltaba.

― No tengas miedo. ― dijo Xoel.

Al fondo como en las salas anteriores, se divisaba una entrada con escalera. A su vera el gran roble con una seta que salía de su tronco, en forma de hígado, roja―anaranjada, con gotitas de color rojo. Caminaron hacia el roble y los bichitos cada vez eran más raros. No parecían normales, sus ojos estaban blancos, se comportaban raro, descoordinados, y todos querían llegar a la copa de los árboles o enterrarse en el suelo. Al llegar al roble los bichos ya no estaban en el suelo, todos estaban en las copas, inmóviles, unos con cuernecitos, otros con setas que les salían de su cuerpo y otros les envolvía un moho. Era horrible.

― Antía esos bichos no me gustan nada. ― dijo Xoel.

Empezaron a sentirse húmedos, fríos y se dieron cuenta de que tenían gotitas de sangre por el cuerpo.

― ¡Aaahhhhhhhh! ¡sangreeeee! ― chillaron.

Entonces una voz dijo… ”subid hacia mí”… era una voz dulce y clara. Los niños seguían paralizados del frío y miedo, y ocurrió como con el castaño… el roble con una de sus ramas los llevó a la entrada de la puerta del torreón. Les explicó que no tuvieran miedo, que Fistulina (que era la seta que soltaba las gotitas como si fuera sangre) solo quería jugar, que era algo traviesa.

¡Por fin habían llegado! Era un lugar cálido, lleno de flores, prados, bosques, ríos, animales y al fondo una especie de trono en forma de volva.

― Acercaos. ― dijo una voz.

Los niños se acercaron cogidos de la mano, aún con el frío y la humedad encima, estaban pálidos y cansados. Cuando estuvieron cerca del trono entonces pudieron verla…

― ¡El hada Muscarina! ― gritaron.

Ahí estaba, tan pequeña, tan hermosa. Mediría 15 cm, tenía un gorro rojo con manchitas blancas y un vestido blanco de tul.

― Hola niños, os esperaba. Veo que Fistulina hizo de las suyas, si os hubieran recibido las Armillarias no os hubieseis manchado. Se que lo pasasteis mal hasta llegar aquí, pero sé que aprendisteis mucho y cuando crezcáis recordaréis todo esto. ¿Algún deseo que pedirme? ― dijo Muscarina con su voz dulce.

Los niños asombrados por la belleza del hada no emitían palabra alguna… Muscarina siguió hablando…

― Pronto estaréis en casa, pero antes quiero que me prometáis algo. Amaréis, cuidaréis y protegeréis la madre naturaleza. En un futuro os formaréis para ser buenos micólogos, y ser capaces de concienciar y educar a la gente para que respete este gran recurso del mundo Fungi. Las castañas que os dio el castaño serán amuletos, y el mordisco que Lucidum os ofreció os protegerá de enfermedades y os hará más fuertes.

― ¡Siiiiiiii! ― asintieron… ¡lo haremos!

Entonces el hada les pidió que cerraran los ojos. ¡Xoel! (Xoel abrió los ojos)…

― ¡Xoel que no llegamos al cole! ― chillaba su mamá.

― ¿Maaamá? ― dijo asombrado. ¡Estaba soñando!

Se levantó de golpe, dio un abrazo y un beso a su madre, y corrió hacia la habitación de Antía.

― Antía despiertaaaaa, tuve un sueño increíble. ― dijo Xoel.

― Uummm, yo también, algo increíble. ― dijo Antía.

Y sin saber por qué miraron al pasillo, donde habían dejado la cesta al llegar a casa de su aventura… Y allí estaban las castañas, dentro de la cesta. Se miraron, sonrieron, se abrazaron y dijeron a la vez… MUSCARINA.


A relato «Fungimania» foi presentado por Raquel Poncini Gómez ao concurso de relatos da XXXVIII Semana Micolóxica Galega na categoría de Adultos.